Toda una vida :: A Life-Time

En EE.UU. se vive un fenómeno muy curioso, que consiste en compartir con los que te rodean la procedencia racial y/o étnica en cualquier conversación cotidiana. Algunas veces, la respuesta puede ser muy relevante en la conversación cuando alguien dice “Mis padres son congoleños pero nací y me crié en EE.UU. y me considero culturalmente estadounidense”. En otras ocasiones, sin embargo, la conversación puede rozar lo meramente anecdótico cuando alguien comenta que su pasión por la comida italiana viene de su tatara-tatarabuelo que emigró de Italia en algún momento, pero que no hay constancia de ello. Una de las combinaciones más frecuentes que he escuchado viviendo allí ha sido, “soy parte irlandés católico, parte danés”, lo cual me parece muy curioso, ya que la religión estaría formando parte de la identidad de alguien que se podría considerar ateo. ¿Por qué especifican las inclinaciones religiosas de sus antepasados? Ante tal respuesta, me imaginaba a un irlandés católico con unas cejas más gruesas que las de un irlandés protestante. Si no era por algo semejante, entonces no encuentro una explicación. En mi caso, cuando me han preguntado que qué soy, dispongo de tres respuestas: 1) soy 50/50 japonés y colombiano; 2) soy ½ japonés, ¼ indígena y ¼ europeo (por lo de mestizo, ¿lo pilláis?) o 3) soy multi-racial, punto.

Más allá de la diversión que me suponía hablar sobre mis ancestros de hace 300 o más años atrás, también presencié situaciones un tanto irracionales para mi gusto. Por ejemplo, una vez un estudiante de mi universidad que se apellidaba “Gómez” negó con un gesto de rechazo al preguntarle si era latinoamericano o si hablaba español. En otra ocasión, oí hablar de rencores que albergaban ciertos compañeros de raza negra porque una persona de su grupo había comenzado a salir con alguien blanco. Esto para ellos significaba que dichos “hermanos” o “hermanas” despreciaban a su propia raza negra. Otro ejemplo de irracionalidad es la discriminación que algunas personas sufren al ser hijos de padres de distintas razas; la blanca y negra, por ejemplo. Dichas personas tienen un color de piel más claro y en las comunidades predominantemente negras, algunas de ellas sufren algún tipo de discriminación por llevar en ellos lo que se conoce como “privilegio blanco”. De este modo, hacia finales del cuarto año, coincidiendo con la finalización de mi carrera, me encontré sobresaturado con tantas teorías sociales, categorías, subgrupos y reglas de comunicación interracial, que me cuestioné qué tanto de la imagen cultural armoniosa que EE.UU. representaba era, en efecto, verdadera.

En todo caso, considero que el nexo de todas estas conversaciones es la necesidad de los estadounidenses de dar crédito a sus antepasados. Supongo que será una práctica que deriva de la época en que miles y miles de personas de Asia, Europa y Sudamérica emigraron allí, y era necesario reconocer sus raíces de referencia. No obstante, es un tanto desconcertante que a pesar de la aparente solidez y omnipresencia de los valores sociales que EE.UU. representa, una gran parte de sus habitantes parece vivir en un sistema de clasificación general donde la raza y el grupo étnico sí importan. Es como si de puertas para afuera, el ser estadounidense fuese una identidad inquebrantable, pero que de puertas para adentro, cada cual tirara hacia lo que mejor sabe hacer, que es señalar a todo aquel que se diferencie físicamente de uno y mirar hacia el otro lado. El aprendizaje que proviene de la diversidad es un proceso que perdura toda una vida.

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There is an odd practice in the US, which consists in sharing one’s racial and/or ethnic origins in a regular conversation. Sometimes, the answer can be very relevant to the conversation when someone says, “My parents are Congolese, but I was born and raised in the US, and culturally I consider myself American.” There are other times, though, when the conversation is merely anecdotal; someone comments that his passion for Italian food comes from his great-great-great-grandfather who emigrated from Italy at some point, but that there is no proof that this really happened. One of the most frequent combinations I heard while living in the US was, “I’m part Catholic Irish, and part Danish,” which seemed very interesting if religion were part of the identity of someone who considered himself an atheist. Why do they specify the religious inclinations of their ancestors? With an answer like that, I would imagine a Catholic Irish having thicker eyebrows than a Protestant one. If it is not for something like this, I have no explanation for it. In my case, if I am asked about my origins, I have three possible answers to give: 1) I am 50/50 Japanese and Colombian; 2) I am ½ Japanese, ¼ Indigenous, and ¼ European (for the mestizo thing, get it?) or 3) I am multiracial, period.

Beyond the entertainment that meant to me to speak under these terms, I also witnessed situations that were somewhat irrational for my taste. For example, when a student in my university whose last name was “Gomez” would deny with a gesture of repulsion when asked whether he was South American or if he spoke Spanish. Or when I would hear about some black people who feel bitter because a black person has begun dating a white one, making them feel that these “brothers” or “sisters” were despising their own black race. Then, there were those whose parents are from different races, white and black, for instance. These people had a lighter skin tone, and some of them would experience discrimination by the predominantly black communities for partly carrying in them something known as “white privilege.” Towards my fourth year living in the US, which also coincided with the end of my university studies, I found myself oversaturated with so many social theories, categories, subgroups, and interracial communication rules, making me question how much of that cultural harmonious image that the US represented was, in fact, true.

All in all, the link of these conversations is the need to give their ancestors credit for who they are today. I suppose that it is a practice that derives from the time when thousands and thousands of people from Asia, Europe, and South America immigrated to the US, and it was necessary to recognize their origins. What is disconcerting, though,  is that, despite the solidity and omnipresence of the social values that the US represents, the majority of its inhabitants seem to live in a general classification system in which race and ethnicity do matter. It is as if, on the outside, to be an American were an unshakable identity, but once behind closed doors, each person went his way doing what he knows best, which is to point at whoever is physically different and look the opposite way. Learning from diversity is a life-time process.

One thought on “Toda una vida :: A Life-Time

  1. Es curioso, porque supongo que al principio cuando se formaron los estados sí que sería normal hablar de la procedencia de cada uno, pero ahora? Si no hay nadie que pueda decir que sus ancestros son estadounidenses! Si hasta los indios son ‘nativos americanos’ y no son estadounidenses tampoco no? :S

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