When I Grow Up :: De mayor

This morning I enjoyed watching an episode of Crayon Shin-chan, a Japanese anime featuring a very irreverent five-year old boy, Shinnosuke. In this episode, one of his friends, Kazama, distresses over the thought of being a “failure” as an adult, and his kindergarten teachers get involved in the conversation, bringing out their frustrations of having chosen a career path that was very different from what they imagined when they were little.

I could relate to the teachers, but not because I feel frustrated about my current situation. Rather, I felt identified about the times that I changed the way I saw myself as an adult, professionally speaking. Thinking back, I believe that the first profession that I thought of as desirable was a doctor. I must have been five or six years old. With the vague ideas and concepts that I had at the time about what a profession was, I did think that it was cool to become a cardiologist or a neurologist. I do admit, though, that this idea was instilled by my father who had high hopes for me career-wise. That dream, however, vanished soon. When I started the Japanese school at the age of seven, the conversations I had with my friends somehow acquired a very infantile tone, and I began to proudly proclaim that my new dream was to become either a) a janitor/sweeper at Tokyo Disneyland so I could be near Mickey Mouse as much as possible or b) a happy worker at McDonald’s and eat hamburgers all day long. Oh, the naivety of early childhood…

Starting at the age of eight or nine, every year my father would ask me on my birthday what my future goals were now that I was a year older. My immediate response was, “I don’t know,” but you have to understand that, besides my ignorance about the adult world, I was usually being filmed by the recently acquired Sony Camcorder that my father proudly held in his hand. I would sheepishly look down, feeling embarrassed by the attention and the pressure that the silence in the room exerted on me. “So…? Come on, tell me, what do you want to do next?” my father would ask. During the next several years, I went from a dream of becoming a Japanese or Colombian ambassador to a professional musician in a symphonic orchestra, a fashion model, and a UN delegate. When I was around 15 years old, I began to focus in one idea: becoming a psychologist. Regarding the answer to the often asked question, “Why not psychiatrist?” I honestly do not know the answer. I simply felt that psychology had a closer existence in my life. In fact, now that I think of it, my mother had given me a book to read, Richard Bach’s Jonathan Livingston Seagull, which was the spark that made me consider psychology as my professional field. I must admit that I have not read it again ever since, but I do remember that it blew my mind away. I intuitively began to feel attracted to the mysteries and the hidden powers of our minds and to how we had the ability to make powerful decisions in our lives.

My university years rolled in, and I began my studies in, yes, psychology. But the four years I spent studying in the US opened my eyes, and I discovered even more possibilities I had not been aware of. I think I drove my parents insane every time we spoke over the phone. “Mom, guess what! I am going to become a modern dancer! No, wait, bioethics! Oh, but I want to major in Francophone studies, too!” I am grateful for my parents because they never talked me out of an idea, as crazy as it may have sounded. I want to believe that, whatever my goal was, they saw me perfectly capable of succeeding in it. I finally majored in psychology and philosophy, as I thought that the two fields complemented each other wonderfully. I graduated with the idea that, well, with two college degrees under my belt, who would not want to hire me!

Seven year later, at the age of thirty-one, I have just started concentrating in the specific career path of coaching. It has taken me many sleepless nights and a series of existential crises to finally reach the point where I find myself today. I worked as a simultaneous translator, an English and Japanese language teacher, an extra in TV shows, or an HR office administrator. I lived aimlessly as an unemployed adult for several months at a time, and also reemerged over and over from painful breakups. Will there be a thirty-fourth career path change after coaching? I do not know… However, what I do know is that this is actually the first time that I feel secure about what I am pursuing professionally, and I am now ready to welcome a new set of challenges. Frustrated? Not at all. Life has got to be a source of perpetual excitement, don’t you think?

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Esta mañana disfruté viendo un episodio de Crayon Shin-chan, un anime japonés cuyo protagonista es Shinnosuke, un niño de cinco años muy irreverente. En este episodio, Kazama, que es uno de sus amigos, se estresa con la idea de verse como un “fracasado” de adulto y sus profesores del jardín infantil entran en la conversación, sacando a la luz sus frustraciones por haber escogido una carrera que distaba mucho de lo que se habían imaginado de pequeños.

Sentí lo mismo que los profesores, pero no porque me sintiera frustrado por mi situación profesional actual. Más bien, me sentí identificado con cómo fue variando la visión de mi futuro profesional. Mirando hacia atrás, creo que la primera profesión que consideré fue la de médico, y tendría cinco o seis años. Por aquel entonces, con las ideas y los conceptos no muy claros acerca de lo que era una profesión, sí que pensaba que convertirme en cardiólogo o neurólogo era “cool”. Aunque, admito que esta idea había sido inculcada por mi padre quien apostaba muy alto por mí profesionalmente. Sin embargo, aquel sueño pronto desapareció. Al entrar en el colegio japonés con siete años, las conversaciones con mis amigos tomaron un tono bastante infantil y comencé a proclamar orgulloso que mi nuevo sueño era convertirme en a) conserje/barrendero en Disneylandia Tokio para así estar el mayor tiempo posible cerca de Mickey Mouse o b) un feliz trabajador en McDonald’s y comer hamburguesas todo el día. Ay, la ingenuidad de la temprana edad…

A partir de los ocho o nueve años de edad, cada año mi padre me preguntaba cuáles eran mis metas de cara hacia el futuro ahora que era un año mayor. Mi respuesta inmediata era, “No lo sé”. Tenéis que entender que, a parte de mi ignorancia acerca del mundo de los adultos, generalmente me estaban filmando con una Sony Camcorder recién adquirida por mi padre y que sostenía en su mano con mucho orgullo. Miraba hacia abajo sonrojado, sintiendo vergüenza por la atención y la presión que el silencio ejercía sobre mí. “¿Entonces…? Venga, dime, ¿qué es lo que quieres hacer ahora?” solía preguntarme mi padre. Durante los siguientes años, mi sueño fue cambiando desde convertirme en un embajador colombiano o japonés a ser un músico profesional y tocar en una orquesta sinfónica, modelo de moda o delegado de las Naciones Unidas. A los quince años comencé a enfocarme en una idea: convertirme en psicólogo. Respecto a la pregunta habitual de “¿Y por qué no psiquiatra?” realmente no sé la respuesta. Sencillamente sentí que la psicología ocupaba un lugar más próximo en mi vida. De hecho, ahora que lo pienso, mi madre me había pasado un libro, Juan Salvador Gaviota, de Richard Bach, el cual fue la chispa que me hizo considerar la psicología como mi campo profesional. He de admitir que no lo he vuelto a leer desde entonces, pero recuerdo lo mucho que me dejó alucinado. Intuitivamente comencé a sentirme atraído por los misterios y los poderes escondidos de nuestra mente y por cómo nosotros tenemos la habilidad para tomar decisiones poderosas en nuestras vidas.

Llegó mi época como universitario y comencé a estudiar, como era de esperar, psicología. No obstante, los cuatro años que pasé estudiando en EE.UU. me hicieron abrir los ojos y descubrí aún más posibilidades que no había tenido en cuenta. Creo que volví locos a mis padres cada vez que hablábamos por teléfono. “Mama, ¿adivina qué? ¡Voy a ser bailarín de danza moderna! No, espera, ¡la bioética! Ay ¡pero es que también quiero estudiar estudios francófonos!” Estoy agradecido con mis padres porque en todas las ideas que me iban surgiendo me apoyaron, aún cuando éstas fueran una locura. Quiero creer que, fuese cual fuese mi objetivo, ellos me vieron perfectamente capaz de ser exitoso en ello. Finalmente me licencié en psicología y filosofía, ya que ambos campos se complementaban estupendamente. Me gradué con la idea de que, bueno, con dos licenciaturas bajo el brazo, ¡quién no querría contratarme!

Siente años más tarde, con treinta y un años, acabo de comenzar a concentrarme en la carrera específica del coaching. Llegar hasta donde estoy me ha supuesto muchas noches de insomnio y una serie de crisis existenciales. Estuve trabajando como traductor simultáneo, profesor de inglés y de japonés, de figurante en programas de TV o como administrativo en RR.HH. Estuve desempleado durante varios meses a la vez sin una dirección en mente y también resurgí una y otra vez de rupturas dolorosas. ¿Habrá un decimocuarto cambio profesional después del coaching? No lo sé… Sin embargo, lo que sí sé es que ésta es la primera vez que me siento seguro de lo que estoy alcanzando profesionalmente y ahora estoy preparado para enfrentarme a nuevos retos. ¿Frustrado? Para nada. La vida ha de ser una fuente de entusiasmo perpetuo, ¿no lo creéis?

 

 

3 thoughts on “When I Grow Up :: De mayor

  1. La forma en que miras tu vida denota positivismo. y alegría. Ah…….. y me haz hecho reir.
    Genial. El artículo es simplemente genial!

    Un beso

  2. Me ha encantado. Es bueno mirar atrás pero para comprobar que hemos crecido, no solo físicamente, sino profesional y emocionalmente y porqué no, sentirnos orgullosos de nuestros errores y logros. Cómo tu dices. Esa es la vida y que bueno vivirla plenamente.

    Un abrazo

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