Id, Ego, Super Ego

I attended a couple of Japanese schools in Colombia and Japan between the ages of six and thirteen, except for the year I went to a school ran by Opus Dei – things that just happen in life and that one remembers with particular tenderness years after. I entered first grade with seven other classmates, all of them children of Japanese temporary expatriates living in Bogota. The fact that I was not full Japanese was made evident on the very first day of school, during the School Entrance Ceremony. We were lined up just outside of the gym’s main entrance, waiting for the cue to march in silence behind our homeroom teacher. We were supposed to walk in through the middle aisle, as we were the protagonists of the day, surrounded by the students from second to ninth grade, my parents, and my classmates’ parents who quietly observed us from the back rows.

From the very first moment, I knew that something was not quite right. My fellow classmates were dressed in their Western-style gala attires, which consisted of grey or navy blue short pants suits, matching ties, short-sleeve white shirts, knee-high socks, and leather shoes for boys, and pink or soft colored dresses with pleated bottoms, short waist jackets, leggings, and patent leather shoes for girls. I think it was the first time I saw kids my age dressed like corporate executives. As for me, I was dressed according to the fashion trend of the 80’s: a pair of high-waist khakis, a smart casual shirt, thick-sole brown leather shoes, and a thick leather jacket, no tie. (I even think that the jacket was borrowed because I do not recall wearing it ever again.) I was confused at first, not sure whether it was me or them who were the losers who had not properly dressed up for the occasion. I lowered my eyes and looked down. “Oooh, crap… Yeah, real nice… A really nice start, indeed. Well done, Taiki!” I reprimanded myself.

The real problem began on the second day of school: I hardly spoke any Japanese. Sure, my father had spoken to me in this language from the day I was born, but it was the first time I had no option to communicate in Spanish, thus making me feel vulnerable. However, it soon became apparent that there was hardly any need for me to proactively speak in Japanese or to even speak at all, for that matter – my classmates would not address me or play with me because 1) my Japanese was mediocre and 2) I had no clue what they were playing at because I had never had references to the Japanese popular culture. On top of that, I had somehow attracted the rage of two second graders who would come after me on and off to have a few laughs while bullying me. I saw myself as Nobita, the feeble minded boy who always depended on Doraemon, the cat-like robot from the 22nd century who lived with Nobita and his family. The major difference between the anime and I was that there was no Doraemon in my life to rescue me.

Less than a year later, though, my life changed. My family moved to Japan and I began attending a local public school in the city of Shin-Matsudo, in the prefecture of Chiba, located about two hours away from downtown Tokyo. Each district in the city had its own elementary school, ages six through twelve. My school’s student population was not forty-five students, like the one back in Colombia, but more than two thousand. This time, I was the first foreigner in the school’s history besides another Japanese boy whose family had lived in Brazil for a few years and had recently returned to Japan. This information was irrelevant, however. It was not long before I began to dress like my new friends (T-shirt, short pants, knee-high socks, and sneakers, even during the winter), got soaked in the Japanese popular culture that everyone shared and enjoyed, and, most importantly, began to speak just like them. I had become a well-adjusted and successful Nobita in Japan. Unfortunately, and to my great disappointment, my father’s assignment in Japan was unexpectedly interrupted and we had to return to Colombia.

I returned to my old Japanese school in Bogota as a second grader, and my life changed again. As if by magic, my old classmates approached me with enthusiasm, and I felt as if I were the cool one in the group. My Japanese identity had taken over. I spoke, dressed, and most importantly, thought and acted as an authentic Japanese. In fact, I now consider the next few years I spent at the Japanese school in Bogota as one of my happiest ones in my life. I had a solid identity, I had a very close group of friends, and I excelled academically. To this day, though, I still cannot make out whether this was something positive or negative developmentally. When I finally left the Japanese education system to start at an international school at the age of 13, I found myself lost in a labyrinth – I was suddenly living in a completely different set of cultural paradigms and it was very uncomfortable to me. Things did not seem to fall into place until I was 20 when I went to the US to go to college and my identity adopted a totally different shade of meaning, but that is another story.

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De los seis a los trece años estudié en un par de colegios japoneses en Colombia y Japón, excepto el año que me fui a estudiar a un colegio del Opus Dei – cosas que pasan en la vida y que uno recuerda con especial cariño años más tarde. Entré a primero de primaria con otros siete compañeros, todos ellos hijos de expatriados japoneses que vivían en Bogotá de manera temporal. El hecho de que yo no fuese completamente japonés fue algo evidente desde el primer día, durante la Ceremonia de Entrada al Colegio. Estábamos formando una fila justo a la salida de la entrada principal del gimnasio, esperando la señal que nos indicase la entrada al recinto mientras desfilábamos detrás de nuestro tutor. Ya que éramos los protagonistas del día, teníamos que caminar en medio del pasillo central, rodeados de estudiantes que iban desde segundo de primaria hasta tercero de bachillerato (edades comprendidas entre los siete y quince años), mis padres y los padres de mis compañeros de clase que nos observaban en silencio desde las filas de atrás.

Desde el primer momento supe que algo no iba bien. Mis compañeros de clase iban vestidos de gala a lo occidental, los niños con trajes grises o azul oscuros de pantalón corto, corbatas a juego, camisas de manga corta, calcetines hasta la rodilla y calzado de cuero; y las niñas, con vestidos rosa o de colores pastel con falda de pliegues, chaquetas cortas de cintura, medias y zapatos de charol. Creo que era la primea vez que veía a niños de mi edad vestidos como ejecutivos de empresa. En mi caso, siguiendo la moda de la época, los años 80, llevaba: unos chinos de cintura alta, una camisa semi-informal, unos zapatos de cuero marrón de suela gruesa y una chaqueta de cuero gruesa, sin corbata. (Incluso creo que la chaqueta era prestada porque no me acuerdo habérmela puesto jamás después de aquel evento.) Estaba confundido al principio, sin estar seguro de quiénes eran realmente los pringados que no iban vestidos para la ocasión. Bajé la mirada y miré hacia abajo. “Ahhh, mierda… Sí, muy bien. Muy buen comienzo. ¡Bien hecho, Taiki!” Me recriminaba a mí mismo.

El problema serio comenzó el segundo día de colegio: apenas hablaba nada de japonés. Vale, mi padre me había hablado en dicho idioma desde el día que nací, pero era la primera vez que no tenía la opción de comunicarme en español, lo cual me hacía sentir vulnerable. Sin embargo, pronto fue evidente para mí el hecho de que apenas tenía que interactuar en japonés, es más,  apenas hablaba – mis compañeros de clase no se dirigían a mí o jugaban conmigo porque 1) mi japonés era mediocre y 2) no tenía ni idea a lo que jugaban ellos porque nunca había tenido referencias de la cultura popular japonesa. Por si fuera poco, de alguna forma había atraído la ira de dos alumnos de segundo que venían de vez en cuando para reírse de mí mientras me acosaban. Me vi como Nobita, aquel niño débil que siempre dependía de Doraemon, un gato-robot que venía del siglo XXII y que vivía con Nobita y su familia. La gran diferencia entre el anime y yo era, claro está, que no había ningún Doraemon para salvarme.

No obstante, mi vida cambió al cabo de un año. Mi familia se mudó a Japón y comencé a estudiar en un colegio público en la ciudad de Shin-Matsudo, en la prefectura de Chiba, situada aproximadamente a dos horas del centro de Tokio. Cada distrito de la ciudad tenía su propio colegio de primaria, que comprendía las edades entre los seis y doce años. La población estudiantil de mi colegio no era de cuarenta y cinco estudiantes como al que fui en Colombia, sino más de dos mil. En esta ocasión, yo era el primer extranjero en la historia del colegio, a parte de otro niño japonés cuya familia había vivido en Brasil durante unos cuantos años y que había regresado a Japón hace poco. Sin embargo, este dato terminó siendo irrelevante. Al poco tiempo comencé a vestir como mis nuevos amigos (camiseta, pantalones cortos, calcetines hasta la rodilla y zapatillas, incluso en el invierno), me empapé en la cultural popular japonesa que todo el mundo compartía y disfrutaba y, lo más importante, empecé a hablar exactamente como ellos. Me había convertido en un Nobita bien adaptado y con éxito en Japón. Desafortunadamente y para mi gran decepción, el trabajo de mi padre en Japón fue interrumpido de manera inesperada y tuvimos que regresar a Colombia.

Regresé a mi antiguo colegio japonés cuando estaba en segundo y mi vida cambió de nuevo. Como por arte de magia, mis antiguos compañeros se acercaron con entusiasmo y me sentí como un triunfador en el grupo. Mi identidad japonesa estaba abarcando todas las esferas de mi vida. Hablaba, vestía y, sobretodo, pensaba y actuaba como un auténtico japonés. De hecho, los siguientes años que viví en el colegio japonés en Bogotá los considero uno de los más felices de mi vida. Tenía una identidad sólida, un grupo de amigos muy íntimo y destaqué académicamente. A día de hoy, sin embargo, aún no se decir si esto fue algo positivo o negativo para mi desarrollo. Cuando finalmente dejé atrás el sistema educativo japonés para comenzar a estudiar en un colegio internacional/americano con trece años, me perdí en un laberinto – de repente me encontré viviendo en una serie de paradigmas culturales completamente distintos y fue muy incómodo para mí. Las cosas no se pusieron en su sitio hasta que con 20 años me fui a EE.UU. a estudiar la carrera, y mi identidad cultural cobró un matiz totalmente distinto, aunque eso es otra historia.

3 thoughts on “Id, Ego, Super Ego

  1. Acabo de entender porqué ibas en invierno a los conciertos del Bloco con pantalones tipo corsario ; )

  2. ¿Lo del Opus? Sí, sí, cuenta, cuenta.
    Las Madalenas te están invadiendo el blog. Ojo.

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