Modus Operandi

If you were to talk to me in Japanese, you would most likely see a side of me that is not visible when I am in my English or Spanish language modes. Do you remember the time when video and audio recording tapes could be set to SP (Standard Play), LP (Long Play), or EP (Extended Play)? Well, my brain has a similar function when it comes to switching gears according to language. I can, in no particular order, function under JLM (Japanese Language Mode), ELM (English Language Mode), or SLM (Spanish Language Mode). Each mode is triggered by the language that I am speaking in, which consequently elicits a series of voice and body language elements inherent to the cultural stereotypes that, in turn, are combined with my very particular sociocultural upbringing.

Very few people have seen me function under the three modes. I have had situations where the three language mechanisms are active simultaneously, although it is very rare. Currently, SLM is the most accessible and neutral one. I spend most of my time with Spanish-speaking friends, clients, and colleagues, and let us say that the overall impression that I project is that of “properness”: carefully chosen words that people may interpret as too polite or even snobbish, hardly any foul-sounding or ill-meaning jargon, and an absence of humor in my tone or diction. My listeners often describe me as pleasant, calm, soothing, and a good listener. Usually, though, my mind is just busy trying to find ways to be funny, or looking for the perfect moment to intervene in a dialogue culture where people seem to understand each other better when they all speak at once.

ELM is my favorite one, the main reason being that it allows me to be wittier and, hence, funnier, a characteristic that is hardly present in the two other modes. I grasp innuendos better and my mind can quickly assemble semantic particles to throw laughing bombs back at my listeners. My diction is very academic from the heavy influence of my university years in the US, thus resulting in the common use of words, such as “to extricate,” “induction,” or “control versus variable.” However, unlike in SLM, “bad” words are devoid of any moral judgment, and these come out smoothly, easily incorporating them into everyday expressions and street jargon. Interestingly enough, I also believe that my body language is more relaxed under ELM, thus projecting a predisposition to communicate in a less complicated, easy-going attitude that characterizes American culture.

JLM, though, is the most fascinating one by far. Burst a monosyllabic word in Japanese and I immediately turn into a 21st century servant with the most formal language use, with a rigid body movement, soft tone of voice, and a sense of folding myself inwards as to create a neatly pressed origami figure. Due to the fact that my education in Japanese did not continue beyond the seventh grade, unlike my English and Spanish, the language is heavily limited in terms of adult vocabulary words. Therefore, should you begin speaking to me about the current world financial crisis, you will easily shut the seventh grade boy’s mouth and he will only smile back at you ever so pleasantly. It is, however, the refinement and aesthetic complexity of the formal Japanese language use that I enjoy the most because there seems to be a carefully crafted standard of diction for every situation and person I am addressing. This is the way in which I was educated back in elementary school by my teachers, and the language rules I assimilated back then have remained firm in their purpose: I feel incapable of using the rougher, harsh-sounding jargon, but I do not use those words that are usually employed only by women, either. The cadence is regular and less dynamic than its Western counterparts, making me a perfect example of a diplomatic speaker. Even though it seems contradictory, speaking in Japanese is also cumbersome. Have you ever thought about social hierarchies? Think of it as if you had to address to kings, princes, presidents, and regular citizens every day, having to adjust your pitch, body language, and diction from one person to another depending on his or her age, status, environment, level of proximity, etc. Feeling the obligation to lower my head to both strangers and those who take advantage of their status (who are many) is unbearable to me. I am good at it, but it always ends up taking its toll emotionally.

For the time being, I want to hold on stronger to the ELM because it gives me a sense of ownership and control over the language, allowing me to express myself better. However, the same way that life is never painted in either black or white, the beauty of language identity is its flexibility across situations. The fact that I can interchange three modes of expression gives me a broad spectrum of communication channels that emit and receive signals through voice, words, body, and contexts. The bottom line, then, is how effective I think I am communicating or want to communicate with people around me beyond the confines of cultural boundaries.

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Si me hablaseis en japonés, lo más seguro es que vierais una parte de mí que no es visible cuando estoy en mi modo angloparlante o hispanoparlante. ¿Recordáis la época en que las cintas de grabación de vídeo y audio se podían configurar en SP (Reproducción Estándar), LP (Reproducción Larga) o EP (Reproducción Extendida)? Pues mi cerebro funciona de manera similar con el lenguaje. Tengo la habilidad de funcionar, sin ninguna pauta en particular, bajo MLJ (Modo Lingüístico Japonés), MLI (Modo Lingüístico Inglés) o MLE (Modo Lingüístico Español). Cada uno de ellos se activa por la lengua en la que esté hablando, la cual provoca a su vez la estimulación de una serie de elementos de lenguaje verbal y corporal, inherentes a los estereotipos culturales que a su vez están combinados con la educación sociocultural particular que recibí.

Muy pocas personas me han visto funcionar bajo los tres modos. He vivido situaciones donde los tres mecanismos lingüísticos han estado activos de manera simultánea, aunque es algo poco habitual. Actualmente, MLE es el más accesible y neutral para mí. Paso la mayor parte del tiempo con amigos, clientes y compañeros de profesión hispanoparlantes y, digamos que la impresión general que proyecto es de “decencia”: palabras escogidas con cuidado que pueden ser interpretadas como demasiado educadas o incluso elitistas, apenas ninguna jerga mal sonante o mal intencionada y una ausencia de humor en mi tono o dicción. A menudo, mis interlocutores me describen como agradable, calmado, con efectos tranquilizantes y alguien que sabe escuchar. No obstante, en realidad mi mente está más bien ocupada en encontrar maneras de ser gracioso o buscar el momento perfecto para intervenir en una conversación, ya que en la cultura en la que vivo la gente parece entenderse mejor cuando todos hablan a la vez.

MLI es mi favorito, siendo la razón principal el hecho de permitirme ser más ingenioso y, por lo tanto, gracioso, una característica que apenas se entrevé en los otros dos modos. Puedo coger las indirectas mejor y mi mente puede reunir rápidamente partículas semánticas para devolvérselas a mis interlocutores en forma de bombas de risa. Mi dicción es muy académica debido a la gran influencia de mis años universitarios en EE.UU., resultando en el uso común de palabras tales como, “desvincular”, “inducción” o “control versus variable”. Sin embargo, a diferencia de MLE, las “malas” palabras están vacías de cualquier juicio moral y estas me salen de manera más fluida, incorporándolas fácilmente en expresiones cotidianas y jerga de calle. Curiosamente, también creo que mi lenguaje corporal está más relajado bajo MLI, para así proyectar una predisposición por comunicarme con una actitud menos complicada y más tranquila, característica de la cultura estadounidense.

No obstante, MLJ es el más fascinante con diferencia. Pronunciad cualquier monosílabo en japonés e inmediatamente me convierto en un sirviente del siglo XXI mediante el uso de un lenguaje formal, un movimiento corporal rígido, un tono de voz suave y la sensación de estar doblándome hacia adentro para convertirme en una perfecta figura de origami. Debido a que mi educación en japonés no continuó más allá de mi séptimo año de colegio, el idioma está altamente limitado por una falta de vocabulario “adulto”, algo que no sucede con mi inglés o español. Por consiguiente, si comenzarais a hablarme sobre la crisis financiera mundial actual, fácilmente podríais mandar a callar al niño de séptimo curso y él sólo os devolvería una sonrisa agradable. Aún así, disfruto del refinamiento y la complejidad estética de la formalidad del idioma japonés porque parece tener una dicción estándar, cuidadosamente creada, para cada situación y persona a la que me dirijo. Esta es la manera en la que fui educado en el colegio por mis profesores y, las reglas idiomáticas que asimilé en aquel entonces, siguen cumpliendo su propósito; me siento incapaz de utilizar palabras más bruscas o toscas, pero tampoco uso aquellas palabras suaves, habitualmente utilizadas por las mujeres. Su cadencia es regular y menos dinámica que la de sus homólogos occidentales, haciendo de mí un perfecto ejemplo de un conversador diplomático. Aunque parezca contradictorio, hablar en japonés también se puede hacer pesado. ¿Alguna vez habéis pensando en las jerarquías? Pensad como si os tuvierais que dirigir a reyes, príncipes, presidentes y ciudadanos normales todos los días, teniendo que ajustar el tono, lenguaje corporal y el uso del lenguaje entre una persona y otra según su edad, estatus, entorno, género, grado de proximidad, etc. El sentir la obligación de bajar mi cabeza a extraños y aquellos que se aprovechan de su estatus (que son bastantes) es algo inaguantable. Soy bueno haciéndolo, pero siempre termina fastidiándome emocionalmente.

De momento, quiero sujetarme aún más fuerte a MLI porque me da una sensación de titularidad y control sobre el idioma, permitiéndome expresarme mejor. Sin embargo, de la misma forma que la vida nunca está dibujada enteramente en negro o blanco, la belleza de la identidad idiomática radica en su flexibilidad en distintas situaciones. El hecho de que pueda intercambiar tres modos de expresión me da un amplio espectro de canales de comunicación que emiten y reciben señales por medio de voz, palabras, cuerpo y contextos. En resumidas cuentas, lo importante es lo efectivo que sea a la hora de comunicarme o quiera comunicarme con la gente a mi alrededor, más allá de las fronteras culturales.

 

 

 

 

5 thoughts on “Modus Operandi

  1. Y también al escribir se ven pequeñas diferencias. Yo, desde luego, hablando inglés hablo con un tono de voz más bajo, los españoles gritamos mucho!

  2. Bueno pues a partir de ahora puedes hacerme las gracias en MLI, ya verás como yo también saco a la niña de 7.

  3. One of the reasons you may be “funnier” in English is because the sense of humor in Spain is so numbed. Perhaps if you were in Argentina you’d have a different feeling. Also, it may be from watching so many Johnny Carson reruns!

  4. Que envidia (de la sana; aunque si es envidia, me imagino que no es sana).Ya me gustaría poder comunicarme medianamente en el inglés que estudio hace….no se cuantos años. Lo que si se es que aunque sea en Español, Colombiano o Español de España, hay grandes diferencias no solo idiomáticas, sino de tono y lenguaje corporal. Cuando viajo a mi pais natal Colombia, tengo que cambiar el chip y bajar el tono de mi voz y mis modos que se han vuelto un poco mas agresivos al vivir durante mucho tiempo en España. Y cuando regreso a España, tengo que cambiar el chip nuevamente y volver a mi tono fuerte.

  5. Tienes razón en estar más relajado al hablar en Inglés, por ser la lengua en la que durante más años te haz comunicado en el cole y la Universidad. Muy interesante y divertido tu comentario. !Te imagino con postura de origami.!

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