Sankyuu :: Gurashasu

As a ten-year old fourth grader at the Japanese school in Bogota, life could not go any better. If I remember correctly, my class was composed of four boys and two girls, plus our homeroom teacher who was our idol. We were a very close-knit group, and I remember how students from other grades used to be envious of our teacher and the way we had fun together both inside and outside of the classroom. On a more personal level, I was very happy to be where I was: well-adjusted, regarded as “fully” Japanese, creative, academically competitive, and socially welcomed into the narrow circles of the Japanese society in Bogota.

During this time, though, I was living with a big fear: the thought of letting my Colombian-ness come out in front of my Japanese friends through my ability to speak Spanish fluently. The same way I can now imitate the heavy American English accent in Spanish, back then I was already a professional in doing the same with the Japanese accent in Spanish. In a way, such professionalization came out of necessity, for I resorted to it as long as I was with a Japanese friend standing next to me. We would go to a convenience store and my friends would nominate me as their spokesperson because they knew I spoke Spanish. At first I would grumble about it by saying, “Why me? I can’t speak Spanish well! Koji, I think you have a better pronunciation than I do!” My friends would remain silent, forcing me to finally step out and speak. “Pureezu, may I habu a bottoru obu coora? Ah, yesu, Coca-Coora. Sankyuu.” I must have sounded retarded, because the shop keeper would repeat whatever I said and I would only have to confirm with a “yesu” or a “noh”.

At school the situation was even more ridiculous. I do not know how I managed it, but I started attending intermediate Spanish classes for the Japanese students because I claimed that my Spanish was getting worse due to no real opportunity to speak it. We had Miss Pilar as our teacher, and I am pretty sure she knew I was up to something obscure. “Okay, Taiki. What did you do yesterday?”  “I wentoh tsoo za paruku weezu my foorendozu yestaaday.” I would intentionally make mistakes, reply that I did not know the answer, or simply laugh out loud when a “new” Spanish word sounded funny: “Hahaha, did she say doro (draw – “mud” in Japanese)!? Hahaha…” At the end I would get straight A’s all year round. Every time I saw a perfect grade, though, an emotion of pride with a tinge of guilt (…or was it the other way around?) would overcome me.

One day, my mother told me about a comment that a Colombian friend of hers made about me. This lady was also married to a Japanese man, and they had two children who, like me, spoke both Japanese and Spanish. “I don’t understand why he’s pretending not to speak Spanish. After all, he is half Colombian, right?” she said. A feeling of shame and guilt ran through me, but I was also furious at this woman, thinking that it was not her business. Soon after, I transferred to a Colombian school where I obviously could only speak in Spanish; and this time, being the only “foreigner” among two thousand or more students, my Japanese-ness became a source of mockery. I, the strange “Chinese” looking kid, only lasted a year at this school, ending up going back to the Japanese school. My long-time friends had already gone back to Japan, and I had to start new friendships. However, by that time I was already aware of the benefits of both of my cultural heritages, and at the age of twelve, children around me began to see the advantages of speaking two languages.

Today, no matter how well I speak a language, I know I will not be regarded as a full member of that culture. It is the same in Japan, Colombia, or Spain. The only exception is with the U.S. On many occasions I have been asked whether I am American. Each time, I am tempted to say yes just to meet the expectations of a stranger, to feel for a moment that I do belong to a much larger group. That desire, though, does not last long, and I then decide to take five minutes of my time to explain to that individual why I am not American or fully Colombian or Japanese. “Well, regardless, you are very good with languages!” is a typical comment I tend to reply with a “sankyuu”.

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A los diez años de edad, cuando cursaba cuarto curso en el colegio japonés en Bogotá, mi vida no podía ir mejor. Si no recuerdo mal, mi clase estaba compuesta por 4 niños y 2 niñas, más nuestro tutor y profesor al que considerábamos nuestro ídolo. Éramos un grupo muy unido y recuerdo cómo los estudiantes de otros cursos sentían envidia de nuestro profesor y de la manera en la que nos divertíamos dentro y fuera de clase. A nivel personal, me sentía muy feliz en donde estaba: bien adaptado, considerado como “completamente” japonés, creativo, competitivo académicamente y socialmente bienvenido en los círculos cerrados de la sociedad japonesa en Bogotá.

Durante este tiempo, no obstante, vivía con un gran temor: la idea de dejar relucir mi lado colombiano delante de mis amigos japoneses a través de mi habilidad para hablar fluidamente el español. De la misma manera en que ahora puedo imitar el acento fuerte del inglés americano en español, en aquel entonces ya era todo un profesional haciendo lo mismo con el acento japonés. De algún modo dicha profesionalización vino por necesidad, ya que era mi último recurso siempre y cuando tuviera a mis amigos japoneses al lado. Cuando íbamos a la tienda, mis amigos me nominaban como su vocal porque sabían que hablaba español. Al principio me quejaba diciendo “¿Por qué yo? ¡Si yo no puedo hablar bien el español! Koji, ¡creo que tú tienes una mejor pronunciación que yo!” Mis amigos se quedaban en silencio, obligándome a que finalmente diera el paso y hablara. “Porufabooru, ¿me da una boteeya de coora? Ah, shii, Coca-Coora. Gurashasu.” Debía de parecer retrasado, porque el dependiente me repetía todo lo que yo le decía y sólo tenía que confirmarle con un “shii” o un “noo”.

En el colegio la situación era aún más ridícula. No sé cómo lo conseguí, pero comencé a ir a clases de español intermedio para los estudiantes japoneses porque afirmaba que mi español estaba empeorando debido a que realmente no tenía oportunidad para hablarlo. Teníamos a Miss Pilar como nuestra profesora y estoy casi seguro de que ella sabía lo que yo llevaba entre manos. “Bueno, Taiki. ¿Qué hiciste ayer?” “Fui a eru paruke con misu amiigosu ayeeru.” Cometía errores de manera intencionada, contestaba que no sabía la respuesta o simplemente me reía cuando una “nueva” palabra sonaba graciosa: “Jajajaja, ¿ha dicho busu (autobus – “mujer fea” en japonés)? Jajajaja…” Al final conseguía la nota máxima. Cada vez que obtenía una nota perfecta, me abrumaba un sentimiento de orgullo con un poco de remordimiento (¿…o era al revés?).

Un día mi madre me contó sobre un comentario que una amiga suya colombiana le había hecho. Dicha mujer también estaba casada con un japonés y tenían dos hijos que, como yo, hablaban japonés y español. Dijo “No entiendo por qué tu hijo pretende no saber hablar español. Después de todo, él es mitad colombiano, ¿no?” Una sensación de vergüenza y remordimiento me corrió por dentro, pero también estaba furioso con esta persona al pensar que no era asunto suyo. Poco después me cambié a un colegio colombiano donde, obviamente, sólo podía hablar en español. En esta ocasión, siendo el único “extranjero” entre dos mil o más estudiantes, mi lado japonés se convirtió en motivo de burla. Yo, el niño extraño de aspecto “chino”, sólo duró un año en este colegio y terminó regresando al colegio japonés. Mis amigos de muchos años ya habían regresado a Japón y tuve que hacer nuevas amistades. Sin embargo, para entonces ya era consciente de los beneficios de mis dos legados culturales y, con doce años, los niños a mi alrededor comenzaron a ver las ventajas de hablar dos idiomas.

Hoy en día, aún cuando hable perfectamente un idioma, sé que no seré visto como pleno miembro de esa cultura. Ocurre lo mismo en Japón, Colombia o España. La única excepción es con EE.UU. En muchas ocasiones me han preguntado si soy estadounidense. Cada vez tengo la tentación de decir que sí sólo para cumplir con las expectativas de un desconocido y sentir momentáneamente que pertenezco a un grupo mucho más grande. Ese deseo, no obstante, no dura mucho y decido tomar cinco minutos de mi tiempo para explicarle por qué no soy estadounidense o completamente colombiano o japonés. “¡Bueno, de todo modos eres muy bueno con los idiomas!” es el típico comentario al que suelo responder con un “gurashasu”.

10 thoughts on “Sankyuu :: Gurashasu

  1. me ha costado entender el gurashasu! jeje claro que después de leerlo en inglés ya lo pillé. Por cierto, te iba a decir que retarded = retrasado, pero ya veo en la rae que en muchos países se dice también retardado y está admitido. See you later!

  2. Esta entrega sí estuvo !buenísima! mi “chinito”, me encantó la forma como muestras el “idioma japonbiano”. Cada vez me sorprendo más al enterarme de tus experiencias, y admiro tu valor y madurez

    • Muchas gracias! Aún sin ánimo de lucro literario, uno puede experimentar por ensayo y error. Unas veces sale bien y otras no tan bien.

  3. Haz descrito perfectamente la necesidad que tiene un niño, de no ser diferente al grupo al que quiere pertenecer. Me imagino la angustia que pasarías al comienzo, al no poder identificarte con ninguno. Afortunadamente la madurez te ha enseñado que todas esas diferencias eran ventajas.

    • Recordando hacia atrás, es impresionante cómo la mente de un niño de 7 años puede registrar y guardarse tanto por dentro. Tomar conciencia de ello es muy importante para nosotros los adultos.

  4. Aquí sigo, enganchada a tus historias. Eres ciudadano del mundo y perteneces a ese gran grupo.
    Gracias por tus historias y Feliz Año español y colombiano, pero no japonés????

  5. Que bueno que puedas escribir con tanta facilidad de todas esas experiencia de tu niñez. Cuando las leo me identifico con algunas de ellas y me ayuda a no me sentirme tan diferente del resto del resto del mundo.

    Gracias,

    Ana

    • A veces pienso que, aún cuando nos sentimos únicos, somos tantos que nos sentimos igual, que dejamos de serlo en el buen sentido de la palabra. Gracias por leerme.🙂

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